PUEDES CON LAS EXTRASÍSTOLES

Llega un momento en el que piensas que no puedes continuar con la carga que te suponen las extrasístoles. No tienes fuerzas. La situación te parece muy dura, y el hecho de que se alargue en el tiempo ha ido haciendo mella en ti. Es un desgaste progresivo que acaba llevándote mental y físicamente al agotamiento. No te apetece hacer nada, y sólo querrías dormir. Si es que puedes dormir.

Lo sé, he estado ahí.

Pero podemos continuar, claro que podemos. Quizás la mejoría se encuentre justo a la vuelta de la esquina. Si echamos la vista atrás, hemos toreado en peores plazas, seguro que sí. Y de alguna manera, hemos sobrevivido, y hemos salido adelante. Somos más resistentes de lo que nos creemos, y de lo que nos contamos a nostros mismos.

Es posible cambiar la historia. En el pasado seguramente lo hemos hecho sin darnos cuenta, con otros problemas. Ahora podemos hacer lo mismo, pero de manera consciente, intencionada, porque contamos con más información. Sabemos que los pensamientos crean nuestras emociones, y sabemos que podemos elegir lo que pensamos. Podemos empezar a contarnos la historia de otra manera, y el cuento podría iniciarse diciendo algo así:

– Quizás hoy por hoy, no sé cómo voy a resolver este asunto, pero lo que sí que sé es que lo haré. No tengo duda de que voy a estar mejor, y desde luego, tengo claro que puedo con esto y con mucho más. –

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RESISTIR LA ANSIEDAD Y ACABAR CON EXTRASÍSTOLES

Por ejemplo, nos ocurre a menudo con la ansiedad.

En vez de permitirnos sentirla, hacemos todo lo posible por evitarla, y de esta forma se nos dispara y se eleva a la enésima potencia.

Por supuesto, en esos momentos, tenemos todas las papeletas para que nuestras amigas las extrasístoles se presenten de nuevo, o incluso hagan una aparición estelar de las que nos encantan.

¿Y qué hay que hacer entonces?

No hay que hacer nada, sólo sentirla. Identificarla físicamente en nuestro cuerpo, buscar dónde sentimos esa vibración exactamente, y concentrarnos en ella. Poner ahí toda nuestra atención, y describirla, a la vez que observamos cómo evoluciona y se disipa. SE DISIPA. No se mantiene en ese bucle que va haciéndose cada vez más grande y que tan bien conocemos ya.

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¿SERÁ ESTA EXTRASÍSTOLE MI ÚLTIMO LATIDO?

Puede que esto no sea igual para todos, pero creo que no me equivoco cuando digo que creo que no soy la única a la que las extrasístoles le han hecho reflexionar sobre la muerte.

Todo empezó así. Yo estaba agotada, trabajando, con dos niños menores de 3 años, y sin esperarlo, murió el primero de mis cuatro abuelos. Me diagnosticaron un citomegalovirus, nada grave, pero era esperable que tuviera un cansancio intenso y cuerpo de gripe durante todavía, un mes más. Además de sentir una inmensa tristeza (sí, es ley de vida, y debería estar agradecida por haber podido disfrutar de ellos tanto tiempo, pero racionalizar todo esto no quita el dolor) por la pérdida de mi abuelo, empecé a plantearme por primera vez la realidad de la muerte, que puede estar para todos a la vuelta de la esquina. ¿Qué habrá realmente después? ¿Será como me han contado? ¿Y si sólo hay oscuridad? ¿Sufriré en el proceso? ¿Y qué pasará con mis hijos si me llega el momento de partir, cuando todavía me necesitan?

Esperando los resultados de una analítica en el hospital, me tomé en la cafetería un café, y ahí comenzó mi primera fiesta de extrasístoles, todo en este contexto mental que acabo de describir. Y por supuesto, me sentí más cerca de la muerte que nunca, cada extrasístole me recordaba que el cualquier momento un corazón puede pararse, y no arrancar nunca más. Cada extrasístole me parecía ese último latido.

Pasé unos meses oscuros. Uno años, quizás. Un duelo mal hecho, sin permitir las emociones, sin saber nada de ellas, mucha ansiedad, muchas extrasístoles, y muchos pensamientos por defecto y descontrolados.

Pero ahora estoy agradecida, por todo lo que he aprendido, y por todo este proceso que me ha acercado a la vida. Ahora sé que los pensamientos crean nuestras emociones, que los pensamientos se pueden elegir, y que también podemos sentir las emociones. He aprendido a entender las emociones como parte de la naturaleza humana, y he comprendido que siempre habrá momentos agradables y otros desagradables, sin que trasitar por estos últimos suponga que algo va mal.

Aceptar que la muerte está ahí, y que también puedo elegir cómo quiero pensar sobre ella, me ha parecido algo liberador. No sólo he llegado a creer que las extrasístoles no me van a matar, sino que también pienso que la muerte no tiene por qué ser una experiencia aterradora. Quizás sea una transición más, como otra cualquiera de la vida. Quizás pueda llegar a sentir paz, pensando que vendrá justo cuando tenga que llegar, en el momento perfecto. No sé si será así o no, pero pensar de esta manera me permite vivir con calma y con confianza los días presentes. Ya me di cuenta de que los pensamientos que tenía por defecto, sólo me generaban angustia en el presente, y me hacían vivir una especie de muerte permanente en vida.

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LOS AÑOS DE LUCHA CONTRA LA EXTRASÍSTOLES

A veces, la vida nos parece agotadora. Llevamos años lidiando con determinadas historias, que no conseguimos sacar de nuestra cabeza. Las extrasístoles, por ejemplo, sí.

Y hay momentos en los que pensamos que hemos llegado al límite, que no queremos continuar. Cada segundo de nuestra existencia se nos hace cuesta arriba, y daríamos algo por no tener que volver a sentir nunca ese golpe en el pecho. Cambiaríamos esto por cualquier otro problema, porque cualquier cosa nos parece más llevadera que lo que nos ha tocado en la tómbola de la vida.

Y es difícil creer que cuando hayamos salido del hoyo en el que nos encontramos, podamos llegar a echar de menos toda esta etapa tan agustiosa. Sin embargo, si echamos la vista atrás, seguro que somos capaces de rememorar otras grandes luchas a las que hemos sobrevivido a lo largo de los años. Seguro que si cerramos los ojos, podemos evocar olores de otros tiempos, y podemos sentir en el pecho esa emoción que es sólo nuestra, y distinta a cualquier otra, que asociamos a aquellos días en los que nuestros suspiros tenían una temática distinta, pero a fin de cuentas, seguían siendo suspiros.

Quizás esta etapa esté siendo la más dura, o vaya a ser la más dura, sí. O no. No lo sé. A lo mejor la vida nos ha traído la extrasistolia como entrenamiento para lo que nos espera más adelante. Quién sabe. Pero, lo cierto es que siempre tendremos algo entre manos que acaparará nuestra atención en mayor medida. Siempre habrá un anhelo como protagonista de nuestros días, y cuando pase el tiempo, nos quedará ese recuerdo dulce, que siempre permanece, hasta de las etapas en las que nos hemos creído en el mismísimo infierno.

Tal vez nos ayude pensar que algún día, también sobre las extrasístoles, tendremos perspectiva. Y cerraremos los ojos para evocar todo lo que sentimos ahora. Cuando todo esto ya no sea más que una anécdota de batallas pasadas.

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LAS EXTRASÍSTOLES COMO PRECIO A PAGAR POR TU -GENEROSIDAD-

Tengo la teoría de que los que tenemos extrasístoles, que en el fondo es lo mismo que decir -los que hemos sido dotados con un corazón hipersensible y reactivo-, además de compartir una tendencia a la hipocondría y a la ansiedad, también tenemos en común la destructiva costumbre de querer agradar a los demás por encima de todo.

Esto, a priori, no tiene por qué ser un problema. De hecho, socialmente está bien visto, y calificamos de -generosas- a las personas que nos hacen favores, nos dedican su tiempo y su energía, o acceden a nuestros deseos y peticiones. Y consecuentemente, hacer lo contrario, en este model social nuestro, implica ser egoísta. Esto es lo que hemos aprendido, y en estos términos nos movemos y funcionamos.

Pero, es que no es todo tan sencillo como hacer o no hacer lo que se espera de nosotros. Es que tenemos que preguntarnos qué esperamos nosotros de nosotros mismos y si realmente queremos hacer lo que estamos haciendo. Ese favor, ese tiempo dedicado a lo que sea, la asistencia a ese evento, o el acceder a los deseos de esa otra persona, puede ser el origen del conflicto y de la emoción que está desencadenando nuestra extrasistolia.

¿Qué precio estamos pagando por ser agradables, complacientes, y -generosos-?

¿Por qué no somos generosos con nosotros mismos, por una vez?

¿Por qué no somos, al menos honestos, como para atrevernos a reconocer nuestra verdad sobre lo que nos gusta o no nos gusta y sobre lo que queremos o no queremos hacer?

¿No estaría bien probar a honrar nuestros deseos reales y darnos la oportunidad de ver qué ocurre después? ¿Y si estamos más tranquilos? ¿Y si nuestro corazón deja de estar tan reactivo a todo? ¿Y si era eso lo que nos quería decir nuestro cuerpo, a través de las extrasístoles, como somatización?

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EL RESUMEN IDEAL DE MI AVENTURA CON LAS EXTRASÍSTOLES

No nos lo esperábamos. Como siempre, la vida nos sorprende.

Y es que algunas veces será necesario que pongamos todo nuestro esfuerzo en trabajar asuntos que se nos antojaban hasta ahora banales, evidentes o sencillos.

  • ¿Yo, aquí, y con este marrón? ¡¡¡Noooo, no me veréis ahí!!!

¿Para qué habremos dicho nada? ¿No querías sopa? Pues toma dos tazas.

Y es que quizás sea nuestra gran lucha contra nosotros mismos, y de la que más aprendamos. La que nos haga convertirnos en alguien mejor, en esa versión de nosotros algo más sabia y experimentada. ¿Para qué hemos venido al mundo si no?

¿Crees que éste podría ser un resumen de la que será tu historia con las extrasístoles?

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LA VERDAD SIMPLE DE LAS EXTRASÍSTOLES

Llegamos a la consulta del cardiólogo describiéndole con pelos y señales todos nuestros episodios de extrasistolia. Le contamos todo lo que ocurría a nuestro alrededor en esos momentos. Nos habríamos quedado en la consulta todo el día hablando sin parar, porque estamos seguros de que hay algo importante que nos estamos dejando en nuestro relato. Algo que le dé una pista al cardiólogo para que detecte esa enfermedad tan grave que tenemos, pero que no parece dar la cara.

Sin embargo, el cardiólogo nos dice que no nos pasa nada, que las extrasístoles que experimentamos son un cuadro totalmente benigno en nuestro caso. No nos lo creemos, por supuesto.

Entonces seguimos por nuestra cuenta buscando causas raras e investigando sobre enfermedades poco frecuentes. Hasta nos llegamos a convencer de que formamos parte de esa pequeñísima minoría, y de que hemos dado con el origen de nuestra extrasistolia, por no aceptar esa verdad tan simple que nos ha ofrecido el médico:

ESTAMOS BIEN Y PODEMOS HACER VIDA NORMAL.

¿O no?

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LLAMADA A LAS EXTRASÍSTOLES

-EL HOMBRE ES PRODUCTO DE SUS PENSAMIENTOS. EN LO QUE PIENSA, SE CONVIERTE-.

Una máxima. Para todo.

Quizás un día no tenemos extrasístoles, pero empezamos a pensar que vamos a sentirlas, por la razón que sea (porque hace calor, porque estamos enfermos, porque tenemos invitados en casa. Y la última vez que hizo calor, que estuvimos enfermos, o que tuvimos invitados en casa, sufrimos una crisis).

Cuando pensamos que van a visitarnos de nuevo, sentimos miedo, y entramos en esa espiral ansiosa que tan bien conocemos.

¿Y qué ocurre entonces? ¿Alguien lo adivina? Pues sí, aparecen. Porque cuando tenemos ansiedad y no la procesamos correctamente, hemos comprobado, porque lo hemos sufrido en nuestras carnes, que tenemos muchas papeletas para que se desencadene un episodio de extrasistolia.

Hay veces que las extrasístoles llegan sin que tengamos ningún tipo de control sobre ellas, eso es cierto. Pero también hay veces en las que provocamos un efecto -llamada-.

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TAQUICARDIA SUPRAVENTRICULAR

En general, podemos decir que sucede cuando el corazón late rápido, a causa de la existencia de señales eléctricas anormales, que se originan por encima de los ventrículos. Frecuentemente (que no siempre), estas taquicardias afectan a personas jóvenes y sanas; a menudo son autolimitadas, es decir, que desaparecen solas. Los episodios pueden durar unos cuantos segundos o varias horas. Podemos tener síntomas (mareos, palpitaciones), o no tenerlos.

Si lo consultamos con un cardiólogo, nos hará saber que se trata de un término muy amplio, que recoge múltiples eventos cardíacos de distinta relevancia clínica (taquicardia sinusal inapropiada, taquicardia sinoatrial, taquicardia auricular, taquicardia por reentrada nodal típica y atípica, taquicardia por reentrada AV, taquicardia paroxística de la unión, etc.). Si nos ocurre, será necesario que nos evalúe el especialista, para que nos haga el diagnóstico correspondiente, descarte el origen ventricular, y nos dé las pautas que debemos seguir.

Una vez puestos en manos de nuestro cardiólogo de referencia, y de confianza, el resto del trabajo, al igual que ocurre con las extrasístoles, es sólo nuestro.

Nosotros decidimos qué significado vamos a dar a nuestras taquicardias supraventriculares y cuánto poder sobre nuestras emociones, a y fin de cuentas, sobre nuestra vida, vamos a entregarles.

Y para ello, tendremos que vigilar y elegir cuidadosamente nuestros pensamientos, no sin antes hacer un ejercicio de consciencia para ver en qué punto nos encontramos.

A veces será necesario quedarnos donde estamos una temporadita, dándonos cuenta de la relación que hemos establecido ya con ellas, sintiendo el rechazo, el miedo, la angustia, o la que sea que hoy por hoy, es nuestra realidad. Realidad que hemos creado y creamos a diario cuando vienen a nuestra cabeza los pensamientos que -por defecto- tenemos sobre estos episodios que llegan cuando menos lo esperamos.

¿Te han diagnosticado taquicardias supraventriculares? Comparte tu experiencia en comentarios, no estás solo.

EXTRASÍSTOLES Y SOLEDAD

El último libro que cogí de la biblioteca se titula «Evite ser utilizado», de Wayne Dyer.

Lo que más me hizo reflexionar fueron unas cuantas lineas en las que hablaba del concepto de -soledad existencial-. Quizás me llamó la atención porque hasta ahora había pensado que la experiencia humana es universal. Y hasta cierto punto, entiendo que es así. Todos somos humanos, todos tenemos un cerebro, y todos tenemos que lidiar con él y con los problemas que se nos plantean.

Sin embargo, creo que puede haber matices que definan la experiencia personal de cada uno de nosotros. ¿Cómo saber por lo que está pasando la otra persona? ¿Acaso alguna vez hemos sido capaces de -sentir- la emoción del otro? Podemos escuchar sus palabras describiendo lo que ha pensado y lo que ha sentido. Podemos interpretar sus gestos, su expresión y todo el conjunto de su lenguaje no verbal. Pero no podemos -sentir- junto con la otra persona. Podemos empatizar, y hasta sufrir con ella, pero el sufrimiento será nuestro, no del otro. Serán, en cualquier caso, dos experiencias distintas.

Y esto no quiere decir que no compartamos con los demás nuestra visión del mundo, nuestros pensamientos y nuestras emociones. Sinceramente, creo que es muy enriquecedor relacionarse y empaparse de la experiencia de los demás. En mi opinión, hay pocas cosas tan satisfactorias como la emoción de -conexión-. Pero ahora entiendo que incluso esa emoción, la sentimos -en soledad-. La complicidad, se siente en soledad.

Notamos en nuestro cuerpo la sensación física que nos provocan las extrasístoles. Y también las emociones que se generan para nosotros cuando tenemos pensamientos con respecto a ellas. Pero dentro de ese sentir general, cada cual vive su propia experiencia de las extrasístoles, de manera particular. El golpe en el pecho, la pausa compensadora. El miedo que sentimos cuando pensamos que nos va a pasar algo malo. Todo esto es bastante común, y en algún momento, creo que hasta podríamos decir que es algo universal para todos los que en algún momento de nuestras vidas, las hemos tenido.

Pero mi golpe en el pecho, mi pausa compensadora, y mi miedo, son míos. Y los tuyos, tuyos. Jamás podré estar en tu cuerpo para entender completamente tu experiencia, ni tú en el mío para comprender la mía.

Aún así, insisto, me encanta escucharos. Y contaros.

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